Acupuntura y evidencia científica

El pasado día 20 de marzo El País publicó en su suplemento Buena Vida, un artículo firmado por Cristina Bisbal, titulado “La acupuntura no sirve para nada”

https://elpais.com/elpais/2018/03/20/buenavida/1521542631_583856.html

que constituye un excelente ejemplo de lo que no debe recoger un supuesto medio de información. Un texto sesgado y tendencioso que se suma a la corriente actual de descalificación generalizada de todo aquello que no sea la medicina occidental. El artículo está repleto de opiniones y de afirmaciones poco contrastadas así como de medias verdades y entrecomillados descontextualizados, no obstante paso a señalar tres aspectos que merecen ser destacados más por respeto a la ciencia que por ánimo beligerante.

a) La evidente contradicción entre todo el contenido del texto y la afirmación, dentro del mismo, de que la Organización Mundial de la Salud, organismo de Naciones Unidas máximo garante de la salud pública mundial, reconoce la acupuntura como instrumento eficaz en el manejo del dolor.

b) El manejo del concepto de evidencia científica como un hecho macizo, solido e irrefutable. La redactora debería saber que, ante la fragilidad de la gran mayoría de los estudios y de la efectividad de los medios diagnósticos y terapéuticos, la evidencia científica, ars nova, está fraccionada en varias categorías y que, en realidad, existen numerosas clasificaciones que miden la categoría de la evidencia propuesta agrupándose, al menos, en cinco niveles. En España existe la propuesta por la Agència d’Avaluació de Tecnologia Mèdica (AATM) de la Generalitat de Cataluña con 9 niveles distintos de evidencia. Pues bien, numerosos medios diagnósticos y terapéuticos utilizados comúnmente en los sistemas de salud aportan evidencia científica contradictoria, valoraciones heterogéneas en función de la clasificación que se utilice y, en cualquier caso, niveles de evidencia y recomendación en el tercer o cuarto nivel de la clasificación utilizada. Si atendemos a uno de los medicamentos más utilizados a nivel internacional, si no el que más, las estatinas usadas para disminuir el colesterol sanguíneo, veremos que su eficacia preventiva sobre la patología coronaria tiene un nivel de evidencia que varía entre IIa y IIc según los estudios, es decir entre el tercer y el cuarto escalón. De manera que la frágil evidencia científica de la acupuntura es compartida con muchas de las pruebas y tratamientos de uso común en nuestro sistema sanitario.

No miente la redactora cuando cita una revisión publicada en Cocrhane en 2012 que concluye refiriéndose, en este caso, al manejo del insomnio mediante acupuntura, que “es necesario llevar a cabo ensayos de mayor calidad para poder decir si es o no eficaz”. Queda claro que no se está descartando su eficacia. Dicha afirmación no invalida ni niega el efecto de la acupuntura en ese o en cualquier otro campo. Sucede que la acupuntura es una ciencia milenaria en China donde se utiliza en cientos de millones de personas y donde no se considera preciso realizar estudios y metaanálisis absolutamente inalcanzables por su coste y en definitiva para demostrar algo que vienen utilizando con éxito desde hace 10.000 años. En occidente, las investigaciones en el mundo de la salud son extraordinariamente costosas. Conseguir un estudio que concluya en una evidencia 1 ++, no está al alcance de la mayoría de los centros de investigación europeos. Solo cuando la industria farmacéutica está detrás se consigue el financiamiento necesario. Nadie está interesado en financiar un costoso metaanálisis o un carísimo ensayo clínico para concluir que con una aguja cuyo valor alcanza escasamente 0,2 céntimos de euro se va a conseguir el mismo resultado que con una píldora que cuesta 100 o 1.000 veces más.

C) Un último señalamiento, por no convertir esto en lo que no es. El efecto placebo. Convendría una pequeña reflexión sobre este concepto tan mal utilizado. Se define como efecto placebo la consecución de un efecto mediante la aplicación de un procedimiento que, en sentido estricto, no posee ninguna capacidad para modificar el curso evolutivo de una enfermedad o síntoma. El ejemplo más característico es el de administrar a dos pacientes distintos con el mismo síntoma o proceso una sustancia supuestamente sanadora y otra neutra sin que ninguno de los pacientes sepa cual está recibiendo. Se denomina efecto placebo a la desaparición o mejora del síntoma guía tras ser administrado el producto neutro. La cuestión radica en explicar el efecto placebo. Lo que sucede realmente es que el individuo, su cerebro, percibe la administración del producto como una potencial sanación y, maravillas de la humanidad, su sistema nervioso libera las sustancias neuronales (endorfinas, neurotransmisores, etc.,) que actúan sobre el síntoma, particularmente el dolor, la ansiedad, la depresión, etc. No se trata, por tanto, de un mecanismo mágico que se produce sin ninguna base fisiológica. No somos intangibles. Si hay dolor hay mecanismos implicados en el mismo, si el dolor desaparece hay mecanismos implicados en la desaparición. De manera que diferenciar entre un analgésico farmacológico, un analgésico natural, acupuntura o placebo, puede resultar interesante desde el punto de vista cuantitativo, pero nada aporta a los aspectos cualitativos que, especialmente en el tema del dolor, son la esencia del tratamiento.

No obstante lo anterior, o quizá precisamente por ello, conviene recordar el conocido estudio de Pomeranz1 en el que demostraba que los efectos analgésicos de la acupuntura (electroacupuntura en este caso), resultaban bloqueados al administrar naloxona, la misma sustancia que bloquea los efectos de los opiáceos.

En resumidas cuentas, encabezar un artículo con una afirmación tan contundente como la utilizada por la autora es un atrevimiento y una falta de respeto a miles de personas formadas en medicina tradicional china, en muchos casos con la doble formación, así como un atentado contra los pacientes que pueden ver menoscabada la necesaria confianza en sus terapeutas.

Por otra parte, es más irritante constatar que la propia lectura del texto no corrobora, si se sabe lo que significan las palabras, afirmación tan rigurosa como señala su titular.

En consecuencia, me atrevería a sugerirle el siguiente titular: No existen suficientes estudios que expliquen los efectos de la acupuntura. Y para otro día le regalo otro: Se necesitaría mayor evidencia científica para muchas de las terapias médicas en uso

1 Pomeranz, B., Cheng, R., & Law, P. (1977). Acupuncture reduces electophysiological and behavioral responses to noxious stimuli: Pituitary is implicated. Experimental Neurology, 54(1), 172–178.

 

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Quita tus sucias manos del rugby*

Andaba yo vagando en el bar de la Facultad de Farmacia de Madrid, allá por 1970, apostando  botellines al juego de la peseta en aquellas, a tal fin,  magníficas mesas de formica (el juego consistía en, marcado un punto gordo en el centro de la mesa, golpear el canto de una moneda de peseta, ya fuera con el dedo índice o el medio, sin moverte de tu sitio, hasta ser el primero en taparlo o el primero en echar de la mesa al resto de las monedas golpeándolas con la tuya), pensando que la vida era eterna y que todo el tiempo del mundo era mi patrimonio absoluto, cuando apareció un tal Ramón al que yo solía mirar con recelo por sus afinidades cristoguerrilleras, requiriendo voluntarios para apuntarse al equipo de rugby de la facultad. Inconcebible a la sazón el rugby femenino, resultaba bastante problemático formar un equipo masculino en una facultad con un 75 % de mujeres. Mi contacto con este deporte provenía de la contemplación siempre esperada de los partidos del campeonato de las Cinco Naciones que con una regularidad asombrosa retransmitía el UHF de la televisión española, en blanco y negro, los sábados a las 4 de la tarde, narrados con gran energía y prolijos pormenores sobre peso, talla, y profesión u oficio de los jugadores, esto último con intención clara de ilustrarnos sobre el riguroso amateurismo de este deporte,  por el gran Celso Vázquez.  Sin la menor idea de los fundamentos reglamentarios de este juego, contemplaba fascinado aquellas evoluciones que oscilaban entre la gracilidad y rapidez más exquisitas y la lucha leonesa más embarrada. Dos cosas me sedujeron desde un principio, la práctica ausencia de lesionados en un entorno de máxima exposición al riego donde cualquiera podría sobrepasar los límites casi con impunidad y el absoluto respeto al árbitro, de una manera que resultaba absolutamente incomprensible para un exfutbolero (bien que desde la lejana soledad del portero), como yo.

Con cierto recelo y con expresiones jocosas sobre futuros traumatismos cráneo encefálicos, un compa y yo nos bajamos al fotomatón del sótano de la Facultad y aprovechando el viaje cumplimentamos la ficha correspondiente en los vetustos locales del club deportivo, quedando emplazados para el siguiente martes al primer entrenamiento en las instalaciones del Paraninfo. Cuando aquella mañana otoñal bajaba las preciosas escaleras de la Facultad no podía imaginar que había iniciado un camino cuyo recorrido me iba a producir más orgullo y satisfacción  que  muchos de los que acabaría tomando en el transcurso de los años. Trece años después tomaba un vuelo hacia Africa Central, sin saber que el partido jugado en mayo contra el Bellvitge en la final de la Copa FER de 1983 en Valencia, sería el último oficial de mi vida.

En aquellos días de 1970, a pesar de que el rugby se había introducido en España cincuenta años atrás, la práctica del mismo tenía un marcado signo iniciático. Estaba dotado de dos cualidades precisas para ello: debut adolescente y reglas enigmáticas.  Ambas dotaban a la práctica del juego de las convenientes gotas de magia y dogma a la que tan proclives somos en la etapa de construcción.  El resultado convertía el entorno en una hermandad que, en mi caso,  no se limitó con el paso de los años al círculo de mi propio equipo, un ente extraordinario por otra parte, sino que, como un órgano ameboide, fue incorporando y digiriendo como propia todo lo que rozaba, ya fuera en Madrid, Sevilla, Bilbao. Londres, París o Buenos Aires.

Sería falso hablar de que el espíritu del rugby que nos animaba estuviese absolutamente generalizado entre todos los practicantes de la época. Aquel venía representado por tres elementos de carácter totémico: respeto al juego, respeto al árbitro y respeto al contrario, esto último encarnado en la fiesta, en la celebración, a través del tercer tiempo. Insisto, no todos lo entendían así y de los que lo entendíamos no todos éramos capaces de ser consecuentes siempre con el ideario. No dejó de ser un largo proceso de aprendizaje más, una escuela de vida de la que salimos mejores. Es cierto que esta escuela era más parecida a las que proponía el olvidado A.S. Neil que a las que frecuentábamos la totalidad de mis contemporáneos.

Resulta difícil transmitir la emoción, la alegría extrema con la que nos acercábamos a las retransmisiones de los partidos del Cinco Naciones, la oportunidad, entonces, de ver a los grandes se limitaba a esas fecha invernales y las disfrutábamos de pub en pub, agregados como estorninos migratorios, trasegando cerveza sin piedad para nuestros jóvenes hepatocitos.

Si tuviera que destacar, por una u otra razón, una condición beneficiosa de la época en que me inicié en el rugby, existiría una esencial y otra derivada de la primera: la internacionalización de la afición, la ausencia, en consecuencia, de un sesgo nacionalista hacia ninguna formación, de tal manera que los que se enamoraron del juego de Edwards, Williams o Barry Jones, serán por siempre galeses, los que disfrutamos de la elegancia de Andy Irvine o la potencia de Gordon Brown, beberemos malta de por vida y quienes admiraron la solidez de Mike Gibson serán fieles hasta la muerte a la stout de Guinnes . Es cierto que estaban Francia e Inglaterra, pero ya entonces nos gustaba verlas perder. Después descubrimos, ya muy terciados para cambiar, un universo especial: Australia, Sudáfrica y sobre todo Nueva Zelanda, pero eso fue mucho más tarde.  La segunda condición, en correspondencia con lo anterior, devino en la absoluta desvinculación con el nacionalismo o localismo más allá del vínculo con tu propio club. Aprendimos a disfrutar, a amar, el rugby sin que ninguna enseña nos arrastrara, sin ninguna liga que nos hipotecase, sin ningún patrioterismo que lo contaminase. Éramos tan malos, que ninguna pretensión nos era conocida. Sin duda, acompañábamos al seleccionado español cuando se terciaba, pero era impensable perderse un Francia vs. Gales para ir a ver un España vs. Portugal. Se trataba de rugby, no de banderas.

Como club, fuimos a Inglaterra a jugar con equipos de la parte baja del challenge, conscientes de que solo palizas soberanas íbamos a recibir, seguros de que nada podría ser más estimulante, más apasionante que el episodio completo, el rito de paso que significaba desplazarse a aquellas canchas sin límites ni vallados, verde en el verde, solo interrumpidos por los escuálidos palos; mudarse en vestuarios centenarios sin separación entre local y visitante y terminar, después de la paliza, los dos equipos juntos en una pileta de agua rápidamente pantanosa, mientras una jofaina de cerveza pasaba de mano en mano y las primeras canciones brotaban de nuestras gargantas.

No miento, ni me sonrojo, si cuento que en el año 1999, con motivo del mundial de Cardiff, los compañeros organizamos un viaje a Edimburgo para ver en Murrayfield, el encuentro de la fase de grupos entre Escocia y Sudáfrica . Cuesta pensar en algún plan más divertido. La primera noche, en un pub abarrotado de la ciudad vieja, con las pintas de cerveza y el whisky rebosantes, cantando estruendosamente I’m gonna be junto con escoceses y sudafricanos, me saludó un hispano que resultó ser uruguayo y por el cual me enteré que España jugaba en el mismo grupo contra Uruguay al día siguiente. Y, lo más sorprendente, al preguntarle a uno de mis amigos, no solo me lo confirmó sino que me dijo que teníamos entradas para el partido. Sencillamente, no lo sabía.  Naturalmente fuimos a Galashiels donde se jugaba el partido y donde vimos perder dignamente a España contra un país que a la sazón poseía con 700 licencias de rugby. Pero el sabor de aquel club, el tercer tiempo abierto a todos los espectadores en las instalaciones atendidas por las mujeres (si, por las mujeres) de los jugadores del Gala RFC (club que ha llevado a la selección nacional de Escocia a jugadores de la talla de  Peter Townsend, actual coach de Escocia, Chris Patterson o Peter Dods), las ineludibles beans estofadas, el espíritu de fraternidad y acogimiento que se respiraba por parte de los huéspedes, fue lo que realmente nos llevamos en la mochila al regresar a Edimburgo.

Después de 40 años he conseguido no tener ni siquiera un club. El mío se disolvió como una simiente prolífica en otros grupos, que sin ser lo mismo tienen cierto ADN característico. Veo rugby como oigo música o leo novela. A trozos, a retazos. También del tirón, por supuesto. He alcanzado el convencimiento de que si tuviera condición física nada me gustaría más que jugar de árbitro. Porque el rugby es tan exigente, que el árbitro es un jugador más, es una pieza sin la cual el engranaje se derrumba entero. De ahí la imprescindible disciplina y respeto con su figura. Y al igual que numerosos clubes europeos y oceánicos sancionan directamente a sus jugadores por  conducta inapropiada aún en ausencia de sanción arbitral o federativa, así los árbitros deberán ser requeridos por sus organismos para verificar sus errores. Pero esa es una cuestión de despachos. En el campo, los jugadores solo pueden tener paciencia, la misma que tienen con un compañero al que se le cae el balón o marra un placaje. Todos juegan.

Todo lo sucedido alrededor del encuentro entre España y Bélgica es un despropósito que emana, probablemente,  de la contaminación producida por el repentino interés mediático que, como no puede ser de otra manera, actúa como un virus en un organismo sin defensas. De pronto, loor y gloria, expectativas, portada del Marca, presencia del Jefe del Estado (que estuvo muy bien, hay que señalarlo), en el Central. El desenlace aparentemente triunfal de una estrategia concreta cuya lógica se sustenta en el convencimiento de que la presencia de España en el Mundial de Japón se convertirá en una catapulta para el desarrollo del rugby en nuestro país. No parece que la experiencia de 1999 sustente tal creencia, pero esa ha sido la apuesta de la Federación Española aunque para ello haya tenido que recurrir a la legión extranjera, a jugadores invisibles que nunca serán el jugador mayor, el ejemplo de los infantiles o juveniles de ningún equipo español.

El domingo el rugby español obtuvo el nivel más alto de difusión de toda su historia por razones poco aleccionadoras tanto por parte de los jugadores españoles como del árbitro rumano. Unas imágenes desoladoras.

Afortunadamente, el sábado, un grupo de enamorados de este juego, se reunieron bajo el frío y la lluvia en Paracuellos del Jarama, donde un club de nuevo cuño, el Paracuellos Rugby Union, organizó un juego con quince equipos de chavales con edades que oscilaban entre los 3 años en adelante. Monitores altruistas, padres haciendo paella y preparando el tercer tiempo sin molestar ni agobiar a los chicos, fin de fiesta con el Irlanda vs Inglaterra por el Grand Slam. Esa es la escuela, esa es la siembra.

  • El título está tomado de un artículo de Manuel Vicent publicado en Triunfo en 1980. “¡Quita tus sucias manos de Mozart!”

 

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Absalón, Absalón!

“The past is never dead. “It’s not even past.
William Faulkner

¡Absalón, Absalón!

Si tuviera que expresar con una sola palabra la naturaleza de la prosa de William Faulkner diría intensidad.

Su prosa transmite la profunda intensidad y profundidad de los sentimientos antes de ser tamizados por la oralidad. La gran innovación de Faulkner es la capacidad de pasar al papel la turbulencia interior, el murmullo cósmico de nuestra actividad intelectual, el cual, usualmente, genera finalmente un discurso consciente, una expresión comprensible y unívoca. Sin embargo, Faulkner escribe desde el momento anterior al proceso final, es como si describiera la ola desde el torbellino que la provoca no desde la imagen final que rompe en la playa. Esto se ha denominado el monólogo interior o la corriente del inconsciente, lo extraordinario es que una apuesta de tal complejidad de cómo resultado un producto hermoso, cautivador, adictivo.

Hay otras características propias de Faulkner. Su referencia permanente a sentimientos y conceptos estructurales de nuestra naturaleza, de la vida: el valor, el coraje, el honor, la lucha del perdedor, el determinismo. Quizá este último sea una de las referencias asiduas en los relatos del hombre del Sur. La existencia de un designio, de una derrota inevitable,  que no impide que los hombres actúen con la desesperanza de saber que no van a vencer, pero con la certeza de que tampoco van a rendirse.

¡Absalom, Absalom! es una historia hecha a base de retazos del pasado, que, como dice la cita que inicia esta entrada, nunca muere; de historias que le han ido contando al joven Quentin Compsom, ya de por si miembro de una dinastía del pasado, una vieja solterona,  la señorita Colfield, pero también su padre que a su vez le contó lo que le había contado el abuelo, el viejo coronel Compson, y el nieto, Quentin, se lo está contando a un condiscípulo de Harvard, en lo que no es sino un intento de un muchacho del Sur de explicarle a otro muchacho del norte del Missisipi en lo que consiste el Sur. Y, finalmente, este receptor del mensaje se convierte en un espejo, o mejor dicho, en un transductor de un universo que precisa una deconstrucción exterior.

La historia, todas las historias, transcurre en la ciudad de Jefferson en el condado de Yoknapatawpha; lugar preciso e inventado en el cual transcurrirá su obra y donde los personajes  de sus libros interactúan entre sí, hablándose, citándose, recordándose, mediante la mágica intervención del lector. Así, Ab y Flem Snopes, el coronel Sartoris, el comandante De Spain o la familia Compsom, a veces protagonizan, otras se asoman, en una historia que a todos vincula, en un paisaje que a todos soporta y en una decadencia que a todos derrota.

Absalón, Absalón! es la historia desesperada de un hombre que se marca un designio y como un endemoniado actúa convencido de que con valor y con astucia logrará su propósito. Propósito que es tan intangible, tan esquivo, tan inalcanzable, como conjurar la frustración, la vergüenza, la humillación del niño que fue en un periodo extinto de inocencia.

La historia de Thomas Sutpen  no es, por otra parte, más importante que la historia del resto de los personajes. O por decirlo de otra manera, para que la historia de Thomas Sutpen se reciba con claridad, hay voces con más presencia en la novela que la del propio protagonista. Lo que resultaría colateral en otras narraciones, aquí se eleva, crece, sustancia su importancia de tal manera que solo así se percibe la desproporcionada potencia de la locura de Sutpen. La señorita Rosa Coldfield, hermana de la esposa, que apenas habrá ocupado unos instantes en el pensamiento y en la obra de Sutpen, posee mucha más presencia que las propias reflexiones, ideas u opiniones manifestadas de manera directa por este. Así el capítulo quinto es, íntegramente,  un monólogo desbordante de la señorita Coldfield, cuñada y esposa frustrada de Sutpen, a través del cual sabemos si no como era Sutpen, si los efectos que provocaba su carácter y ambición.

En ¡Absalom, Absalom!, la intensidad que Faulkner dota a sus personajes, la manera en que los aparentemente secundarios progresan crecen y se hacen protagonistas según el autor les va dando entrada en escena, según su voz interior se adueña de los párrafos, es un alarde literario asombroso. De esta forma lo que aparentemente es un discurso fragmentario, desagregado, se convierte en una obra calidoscópica en la que todas las piezas de cristal acaban formando una imagen perfecta.

Como en toda su obra, es la historia del Sur de Estados Unidos, Faulkner no habla de racismo, como algunos pretenden. Habla de esclavitud y la describe como era en el Sur. Nunca emite un juicio, describe sentimientos y situaciones reales y, ciertamente, entre lo que describe se encuentra una evolución demoledora del antiguo sur vinculado al esclavismo. Porque el racismo es un concepto distinto. Se presenta en entornos donde la igualdad y la fraternidad humana están establecidas como valores genéricos. El mundo de Yoknapatawha, es anterior a eso. El negro, sencillamente, no es considerado con más valor que una mula o una buena yegua. Faulkner ni añora ni defiende ni critica ese mundo, pero apunta a imputarle la atonía, la parálisis en la capacidad de progresar del Sur y el pie de su derrota como universo.

Sin embargo, la tara de la esclavitud con ser dramática, no ocupa en la obra de Faulkner un aspecto moral más fuerte que el valor, la decencia, la culpa, la dignidad o el castigo. Y especialmente la decadencia de un mundo incapaz de sobrevivir.

Si que existe un protagonista en ¡Absalom, Absalom! que es omnipresente en toda su obra. Y que es descrito con el mismo tono objetivo, con el mismo determinismo pesimista y también con una admiración tan profunda como su propio amor a la tierra, se trata de la mujer. La mujer del Sur, dama con un destino fatal, mujeres fuertes, resistentes, con destinos inferiores a su capacidad humana, asumidos sin queja y con consciencia. En Absalón, se encuentran todas las mujeres de Faulkner, se encuentran las mujeres que han soportado el Sur, su gloria, su ruido, su fin.

Desde la literatura,  Faulkner cautiva por la capacidad de definir el discurso interior, por su poderío sintáctico y al mismo tiempo por su lirismo milimétrico con el que crea metáforas permanentemente. Es cierto que los permanentes y dilatados anacolutos con que Faulkner escribe, se convierten en una estructura difícil de seguir, exige una dedicación real al acto de leer y mucho más si tenemos en cuenta la dificultad de su traducción al español.

Sin embargo, hay que dejar claro algo esencial.  Absalón, es una novela de intriga, la razón de las cosas que pasan, que se cuentan, no están claras, nadie las conoce,  el lector va siendo atrapado por la corriente magmática que subyace a lo que está leyendo y solo desde un visión exterior resultarán desentrañadas. Es más, si desposeyéramos la novela de la belleza literaria, del estilo de Faulkner, podríamos estar ante el guión de un culebrón o de un folletín dieciochesco. Es precisamente la forma lo que le da el valor genial a la novela.

En ¡Absalom, Absalom!  William Faulkner incluyó un mapa del Condado de Yokpanawpha con detalles relacionados con sus personajes y con los hechos que acaecen en sus novelas. Fue traducida inicialmente por   Beatriz Florencia Nelson en 1950 y esa versión es la que hemos leído en primera instancia la mayoría de los faulknerianos que no somos capaces de leerle en inglés. Martinez Lage realiza una extraordinaria traducción en el año 2008 donde aprovecha por cierto para desorejar las traducciones anteriores. Si bien es cierto que resulta algo desconsiderado especialmente si se tiene en cuenta que las dianas de sus diatribas, ya acompañan a Faulkner hace años, es posible que el fallecido Martínez Lage tuviera razón.

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Pedro Páramo

Pedro Páramo es una historia de amor y muerte, una historia de odio, de caciquismo feroz, de cobardía y de traición donde no se salva ni Dios o al menos donde no se salva el representante de Dios, el Padre Rentería, vendido al oro, sin amor al prójimo, desarbolado por una pobreza que no es capaz de sobrellevar. Es también, o quizá por todo lo anterior, una historia de México.

Formalmente Pedro Paramo es un ejercicio de estilo y de técnica literaria prodigioso. Su argumento carece de la estructura clásica, no hay inicio, nudo y desenlace. Pero es que no hay inicio, no hay nudo y no hay desenlace. Las cosas en Comala, que así se llama el universo de Juan Rulfo, el pueblo de Pedro Páramo; no suceden ni de manera secuencial ni de manera precisa. Existen hacia atrás y hacia adelante. Hacía dentro y hacia fuera.

A pesar del título, no hay protagonistas. El protagonismo lo poseen las voces de todos, voces entremezcladas que Juan Rulfo traspasa al papel con el mismo desorden con el que se producen dejando al lector la tarea de ordenar el rompecabezas.

Juan Rulfo elimina el liderazgo narrativo del autor. Deja que interior del libro se dirija directamente al lector. Como si fuera un vórtice, el universo de Comala, formado por lo real y lo imaginario fusionado, se disemina hacia el lector. Y así en Comala coexiste, lo real y lo pensado, lo pasado y lo presente, lo religioso y lo agnóstico, la vida y la muerte.

No obstante existe una estructura interior, aparentemente arcana. Juan Rulfo marca setenta espacios, ni siquiera capítulos. Son setenta espacios tipográficos que constituyen los murmullos que Juan Rulfo entrega al lector para que los vaya hilvanando, para que desentrañe lo que sucedió en Comala.

El primer espacio de apenas veinte líneas comienza con una declaración “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”.

Juan Preciado, que así se llama el que habla continúa diciendo , Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera.

Para concluir diciendo:

Pero no pensé cumplir mi promesa.

Se percibe que Juan Preciado dice “vine”, usa el pretérito perfecto del verbo venir en lugar del verbo ir. Es decir, indica que Juan vino y sigue estando en Comala.

Sin embargo en el fragmento dos que podría parecer continuación del primero, comienza diciendo:

“Era ese tiempo de canícula” es decir utiliza el pretérito  imperfecto y con ello indicando que pasa a relatarnos una acción ya pasada, nos relata cómo llegó a Comala.

En el camino se encuentra con un arriero con el que va platicando y este le dice: Yo también soy hijo de Pedro Páramo.

Y cuando Juan le pregunta:

– ¿Quién es Pedro Páramo? El arriero responde:

– Un rencor vivo

Al avistar el pueblo, Juan Preciado dice:

  • No, yo preguntaba por el pueblo, que se ve tan solo, como si estuviera abandonado. Parece que no lo habitara nadie.
  • No es que lo parezca. Así es. Aquí no vive nadie.
  • ¿Y Pedro Páramo?
  • Pedro Páramo murió hace muchos años.

De esta manera en la página cinco del libro podemos entender que estamos en un mundo donde se superpone el pasado y el presente, los vivos y los muertos, aunque quizá después de hilar todos los retazos, lleguemos a la conclusión de de que todas las voces, todos los murmullos incluido el de Juan Preciado son solo los ecos que han dejado los muertos.

Juan Rulfo solo escribió esta historia y algunos cuentos maravillosos publicados bajo el titulo de El llano en llamas. Y no me extraña. Escribir algo tan extraordinario, tan microescrito, por decirlo de una manera que pueda expresar el contenido, te tiene que dejar sin ganas para volver a agarrar la pluma nunca jamás.

La influencia de Juan Rulfo sobre los narradores del denominado realismo mágico fue absoluta. En realidad Pedro Páramo es un libro fundacional.

Cuenta Gabriel García Márquez  lo siguiente:

“.. Álvaro Mutis subió a grandes zancadas los siete pisos de mi casa con un paquete de libros, separó del montón el más pequeño y corto, y me dijo muerto de risa: ¡Lea esa vaina, carajo, para que aprenda! Era Pedro Páramo. Aquella noche no pude dormir mientras no terminé la segunda lectura. Nunca, desde la noche tremenda en que leí la Metamorfosis de Kafka en una lúgubre pensión de estudiantes de Bogotá —casi diez años atrás— había sufrido una conmoción semejante.”

Nadie puede eludir la sensación de paternidad que posee la frase siguiente de Pedro Páramo:

“El padre Rentería se acordaría muchos años después de la noche en que la dureza de su cama lo tuvo despierto y después lo obligó a salir”

con la que ha devenido en uno de los arranques más célebres de la historia de la literatura:

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.”

Sin duda Pedro Páramo es el texto fundacional y a la vez magno de lo que fue el segundo siglo de oro de las letras hispanas: esta vez las del otro lado de la mar océana.

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“La Nieve del Almirante” Primera empresa de Maqroll el Gaviero

La Nieve del Almirante

Álvaro Mutis, 1986 ( En Editorial Siruela “Empresas y Tribulaciones de Maqroll el Gaviero” Vols. I y II. 1997)

La Nieve del Almirante es la primera obra que lanzó al reconocimiento mundial como novelista a Alvaro Mutis. Tenía 63 años. Y una dilatada vida de poeta, relaciones públicas y gentleman hispanoamericano.

Es, asimismo, la primera aparición de Maqroll el Gaviero, más que un personaje, un universo, que generará siete magnificas novelas hoy agrupadas en una recopilación en dos volúmenes realizada por Siruela, titulada Empresas y Tribulaciones de Maqroll el Gaviero.

Así como Faulkner crea el condado de Yokpatanawpha, y tras él muchos de sus seguidores (García Márquez, Juan Benet, Onetti,..), Mutis, que era poco lector del sureño, crea un universo dentro de la mente de Maqroll el cual constituye el núcleo de referencia a lo largo de todas sus novelas, El dialogo interior, las reflexiones de un hombre recorriendo el mundo ocupado en las más insospechadas empresas desde la regencia de un lupanar, el contrabando o la vigilancia de una mina de oro abandonada.

Maqroll es un personaje crepuscular, del que no sabemos nada, del que no sabremos nunca nada, aunque tras la lectura de la saga completa, que incluye seis novelas, quizá entendamos que Maqroll es la representación de una certeza, la seguridad de que todo el transcurso de la vida solo es un permanente fracaso, el dice en una ocasión “esta querencia mía hacia una incesante derrota”. Maqroll, cual moderno Melmoth, solo concibe soportable la existencia a través de un errar permanente. Es un Ulises que ha desterrado la posibilidad de la existencia de Ítaca.

En La Nieve del Almirante, que recuerda mucho a El Corazón de las Tinieblas de Conrad, Maqroll se embarca remontando el rió Xurandó, hacia una empresa incierta por la que carece de un interés sólido y de la que apenas conoce detalle alguno: la posibilidad de hacer un negocio comprando madera en unos misteriosos aserraderos río arriba. Maqroll mismo reflexiona: “No tiene remedio mi errancia atolondrada, siempre a contrapelo, siempre dañina, siempre contraria a mi verdadera vocación.” Este será el Maqroll que nos encontraremos en toda la saga. Un Gaviero que, a lo largo de todas sus apariciones, nos sorprende con su afición por libros de extraordinaria rareza como las Memorias del Cardenal de Metz o las Memorias del Príncipe de Ligne. Lo que por otra parte no es más que un reflejo del propio Mutis, de su declarada afición a las monarquías europeas y a su cosmopolitismo dandy.

El viaje, realizado en un planchón destartalado con la sola compañía de un ebrio capitán, un práctico mestizo y un mecánico indígena que conoce el motor del barco como la propia jungla, constituye en realidad un viaje al interior de el Gaviero, una peripecia existencial que le coloca, por mor del espacio río-selva, ante la evidente levedad de todas sus escasas convicciones. Sin duda ese río-selva condiciona, con su ambiente opresivo, sórdido y miserable, la introspección profunda de Maqroll, pero también la nítida definición espiritual de unos acompañantes que de otro modo hubieran pasado por personajes secundarios sin aparente consistencia.

Todo, merced a una escritura que perfila y delinea los caracteres, que les dota de un relieve inesperado. Y ello sin que el propio viaje, la propia narración, excluya, por otra parte, circunstancias y hechos memorables. De hecho Maqroll roza la muerte en dos ocasiones muy concretas. Y es que la muerte en todas las andanzas de Maqroll es una permanente invitada, un personaje más del recorrido literario.

El transcurrir del planchón, las peripecias, más interesantes por sus oníricas sugerencias que por la contundencia de los hechos, va conduciendo a Maqroll a la indiferencia total sobre el motivo de su viaje. “Es como si en verdad se tratara solo de hacer este viaje, recorrer estos parajes, compartir con quienes he conocido aquí la experiencia de la selva y regresar con una provisión de imágenes, voces, vidas, olores y delirios que irán a sumarse a las sombras que me acompañan, sin otro propósito que despejar la insípida madeja del tiempo”

Reflexiones de extrema clarividencia y que te dejan largos minutos con el libro abierto y la mirada fija en el techo, intentando llegar al fondo de un pensamiento que por su precisión y sencillez resulta inaprensible. Como cuando el capitán, que naturalmente es un personaje profundamente complejo y derrotado, le asegura a Maqroll que mientras viva será inmortal y Maqrool comprende, efectivamente, que un solo instante de pensamiento humano puede intuir el infinito siendo por tanto eterno.

Alvaro Mutis, poeta durante décadas consigue una prosa dotada de absoluto ritmo poético, un contenido con la intensidad propia del poema. Cada una de las frases del libro posee la acuciante exactitud de un verso.

 

 

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Bajo el Volcán

1. Nombre del libro. Bajo el Volcán
2. Título Original: Under Volcano
3. Autor: Malcolm Lowry (Británico)
4. Fecha de publicación en inglés. 1947 casi al alimón en Londres y NY
5. Primera publicación en español: Traducción de Raúl Ortiz y Ortiz y publicada por la mítica editorial ERA de México en 1964. Adelantar aquí que si la novela costó diez años de su vida al autor, el traductor dedicó 2 años y medio a traducirla. El resultado es tan meritorio casi como la propia creación.
6. La primera publicación en España es del año 1981 en la Editorial Bruguera que aquí podéis ver.
7. Disponible en e-book y en streamin

Voy a comenzar citando un párrafo de un comentarista de un blog literario referente a esta novela:

Dicen que en España hay pocas personas que se hayan leído entero este libro. Yo soy una de esas personas, aunque de ello hace muchos años. No fue una lectura fácil, desde luego,

En mi opinión, una obra literaria debe ser emocionante, conmovedora, original en el más estricto sentido de la palabra, polifacética, sugerente, con pulso propio, pero desconfío terriblemente cuando alguien dice que tal o cual novela se lee muy fácil. No creo que se trate de un atributo propio de una obra literaria. Por otro lado no me parece más fácil ver Las Meninas que Las señoritas de Avignon.

Bajo el Volcán está construida en XII capítulos, trascurre en un solo día de la vida de George Firmin, alcohólico cónsul de Gran Bretaña en Quauhnáhuac (nombre nathual o xolteca de Cuernavaca), el día de los difuntos de 1936; a excepción del Capitulo I, que transcurre un año después de los XI siguientes y comienza en el Hotel Casino de la Selva, casino cerrado y hotel decadente donde rondan fantasmas de jugadores arruinados. Y donde Nadie parece nadar jamás en su espléndida piscina olímpica, preludio de todo el espíritu decadente, postrero, que impregna toda la novela. Al final de este capítulo M. Laurrelle, amigo del Cónsul, encuentra en un libro perteneciente a éste una estremecedora carta de amor dirigida a su esposa que, obviamente, nunca envió y que adquiere todo su esplendor cuando terminas de leer el capítulo XII.

Bajo el Volcán, es un libro sinfónico como gusta decir Raúl Ortiz y Ortiz su traductor, cada capítulo constituye una pieza magnifica pero es el conjunto lo que le otorga grandeza y genialidad.

Podríamos decir que la novela tiene tres historias principales,
1/ el sendero de autodestrucción alcohólica como símbolo del infierno que es la vida para el Cónsul:
porque el nombre de esta tierra es el infierno. Claro que no está en México, sino en el corazón(cap. I)
(… alguien que sentía que las fuerzas mismas del universo lo hacían pedazos! Capítulo V.) ó ……………
De pronto experimentó una sensación nunca antes sentida con tan absoluta certidumbre. Y era la de estar en el infierno. Capítulo VII),
2/ el amor entre dos personajes muy distintos como son Ivonne y el Cónsul (Y a pesar de ello, volvía a pensarlo una y otra vez, como si fuera la primera, cuánto había sufrido, sufrido, sufrido, sin ella; ciertamente que nunca en su vida — salvo cuando murió su madre— había conocido semejante desolación y tan desesperado sentimiento de abandono, de despojo, como durante este último año sin Yvonne” Capítulo VII)) y
3/ la relación entre estos dos y Hugh, el hermano del Cónsul. En realidad, como hemos señalado, Hugh es un alter ego juvenil de Firmin y pareciera que Lowry quisiera establece un nuevo dialogo esquizofrénico, por si no bastara el que mantiene consigo mismo, entre lo que hoy es Firmin y lo que hubiera sido sin el alcohol y sin el insuperable desaliento que abate su espíritu.

Con una técnica literaria arriesgada con un inequívoco aroma a Melville y a Joyce, cuyo Ulises había leído un par de años antes, la narración progresa, retrocede, se enlentece o acelera, se retrotrae al pasado desde el presente sin previo aviso y lo que es más curioso se sitúa en paralelo, de tal manera que los sucesos de los capítulos XI y XII suceden a la vez. Son aspectos que han desanimado a no pocos lectores, que se han rendido sin duda antes de tiempo.

En el capítulo V, por ejemplo, Hugh, hermano del cónsul, un alter ego no ya del mismo Cónsul sino del propio Lowry, va rememorando, mientras está sentado en el borde de la alberca del jardín, distintos avatares de su vida, ya digo, comunes a la propia vida de Lowry, como es su pertenencia a una familia acomodada, su vinculación con la navegación, su admiración por Conrad, su afición a la guitarra (Lowry sabía tocar el ukelele) o la particular referencia que hace en dicho capítulo a la supuesta acusación de plagio que recibe tras la publicación de unas canciones, aspecto este que preocupó siempre a Malcom Lowry quién tenía verdaderos problemas de originalidad derivados de la marcada influencia que se había detectado en su primera obra de su mentor y amigo el norteamericano, Conrad Aiken ); y sin solución de continuidad recupera la conversación que mantenía 50 páginas atrás, en el mismo borde de la piscina. Se trata de una técnica común a día de hoy, pero habría que ser comprensivos con los editores de la época cuando por doce ocasiones le rechazaron el manuscrito a Lowry.

En Bajo el Volcán, Lowry entra en ese grupo de escritores que yendo más allá de un preciso proceso de desarrollo temático y argumental, se faja con aquellos pensamientos e imágenes como una corriente sensorial, íntima, no subconsciente, sino más bien imprecisa, difuminada, difícil de expresar si no se exprime el lenguaje de manera feroz. Y no se trata del surrealismo, donde se pretende que el impulso genere arte tirando del hilo del subconsciente casi al azar; a lo que me refiero es a determinadas ideas, sentimientos, poco precisas o más bien poco precisables por el lenguaje, que pululan todo el tiempo en nuestra cabeza, inaprensibles hasta que el esfuerzo o el genio de algún escritor, las enhebra casi mágicamente.

Es una historia tan emocionante como desasosegante. Se atisba la inteligencia, la sensibilidad y el enorme sentido del humor del Cónsul, que es capaz en pleno delirio de vacilar memorablemente a Quincey su estirado vecino inglés; pero el hundimiento, el alejamiento de la capacidad de contacto con la realidad a la vez buscado y provocado por el alcohol es terrible.

En el capítulo II el Cónsul aún simula posible redención trasteando con un preparado de estricnina que su médico el Dr. Vigil le ha facilitado como repulsivo al alcohol, pero compulsivamente, y en pocas horas, va evolucionando a la cerveza, güisqui, tequila y finalmente al terrorífico mezcal perlado de 55 º. La descripción de un proceso de delirium tremens sufrido en el cuarto de baño, cuando lleva apenas treinta minutos sin beber nada y que se instaura de forma tan abrupta como asumida de forma natural por Firmin y el dialogo que establece con sus voces y demonios está escrita con todos los recursos posibles de la literatura para relatar lo que ocurre dentro de la cabeza, está escrita, por decirlo de alguna manera, desde dentro. Hecha desde dentro. Por alguien, que no solo sabe lo que es el monstruo informe que se crea en tu cabeza con el alcoholismo sino por alguien que además, es capaz de expresarlo con palabras escritas. No obstante a pesar de todo, que nadie piense que se trata de un libro sobre un borracho, sobre la dependencia. Se trata de un libro sobre el dolor y la desesperanza.

Los dos últimos capítulos son de una belleza lírica y formal tan apabullante, que pueden hacerte llorar. Son un auténtico destilado. Una catarata de emoción, estilo, técnica poderosa y tensión sostenida. El destino trágico, el delirio, la desesperanza, la visión fugaz de la salvación, el destino insuperable, la certeza de que la caída era tan inevitable como previsible, la miserable y violenta realidad que lo circunda, y, por encima de todo el dolor. Un dolor que el lector percibe profundo, extenso, lacerante, con raíces en lo más antiguo del ser. Acabas el libro sujeto a una emoción casi agitante. Lloras de tristeza, quizá, pero también del impacto emotivo

La novela está llena de elipsis con las que, con una técnica más parecida a un calidoscopio que a un puzzle, nos va haciendo conocedores del pasado y del presente y, claramente, nos va anticipando el futuro. Es una estructura compleja, con cimientos, argamasa, cañizo y vigas y encofrado, pero también con arquivoltas y chapiteles y muchas, muchas gárgolas repartidas a lo largo de la novela. Aunque no está entre mis 10 favoritas, pero sí posee todos los elementos, los desafíos, la potencia técnica y la emoción que creo debe poseer una obra magna, de hecho ocupa el lugar número undécimo en la lista que hizo el NYT sobre las mejores obras escritas en inglés en todos los tiempos. (También está reconocida por diversos índices mundiales).

Como fondo, México en plena época de Lázaro Cárdenas, nacionalista y socialista, que nacionaliza el petróleo de manos inglesas, generando los habituales efectos de acción bloqueadora por parte de USA y GB, y de reacción nacionalista por parte del campesinado y del trabajador mexicano a la sazón muy en sintonía con el presidente.

La guerra civil española ocupa un espacio al fondo de la novela y en una ocasión Hugh y el Cónsul se enredan en una discusión en la que Hugh adopta el perfil de apoyo propio de los movimientos románticos europeos y americanos mientras que el Cónsul ironiza sobre el particular desde una posición ecléctica y diletante. Esta discusión del capítulo X donde el Cónsul libera todo su resentimiento contra su esposa y su hermano, finaliza con la separación del trío dando lugar a que los dos últimos capítulos se desarrollen en dos discursos y escenarios distintos: uno para Ivonne y otro para el Cónsul.

Lowry falleció el 27 de junio de 1957 en su casa de campo del condado donde nació, durante una visita ocasional. La causa de la muerte pudo ser un síndrome de aspiración por una curda al uso o quizá una asociación con barbitúricos tan en boga en aquellos años. La hipótesis del suicidio no parece razonable, pues había pasado por épocas terribles y no parecía tener el perfil.

Tardó 10 años en publicarla, pasaron 17 años hasta que se tradujo al español en México y transcurrieron otros 17 hasta la primera edición de una editorial española. Su lectura. Aún hoy día, impacta por su técnica, potencia, modernidad en el uso de la lengua y sobre todo por la traducción del Ortiz que como hemos dicho casi mejora el original.

Hay una versión bilingüe en streaming que colocaremos en la página web, donde se puede verificar la extraordinaria calidad del profesor mexicano. Como dato de interés señalar que Ortiz y Ortiz solo tradujo esta obra en toda su vida.

Para terminar una curiosa referencia, en la primera página del libro se puede leer esta frase:

El doctor Arturo Díaz Vigil acercó la botella de Anís del Mono a M. Jacques Laruelle. Efectivamente se trata del célebre anís creado por Vicente Bosch, hoy propiedad de Osborne, cuya factoría en Badalona merece la pena visitarse por ser una maravilla de la arquitectura y la ingeniería modernista de finales del siglo XIX.

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Claro que es fútbol!

Dice el presidente del Atlético de Madrid y algúna otra voz le acompaña, que el asesinato de un aficionado al fútbol, en el entorno de un estadio de fútbol y antes del comienzo de un partido de fúbol no tienen nada que ver con el fútbol.

Todos entendemos lo que quiere decir. Que la violencia y el fanatismo no tienen nada que ver con el juego, con la competencia leal y con el reconocimiento al adversario. Sin embargo el fútbol es, con ´letras de molde, fanático, violento, desleal e incapaz de ver en el adversario otra cosa que un enemigo.

Ya sabemos que siendo el deporte más seguido, el que más dinero mueve, el que más dinero reparte y el más extendido a escala mundial, saldrán voces argumentando que los hechos producidos alrededor del estadio Vicente Calderón, son minoritarios y no representan los valores de un deporte que en grandes líneas es ajeno a esa barbarie.

Pero, ¿es eso cierto? Alguien puede decir que el fútbol que se ve en los campos escolares, en las ligas provinciales, en los campeonatos inferiores y en las Ligas no es un deporte violento?

Yo fui entrenador del equipo de fútbol sala del colegio de mi hijo durante cinco largas temporadas. Lo que veía cada sábado en algunos padres que asistían a los juegos (?), era muy poco tranquilizador. Padres que gritaban no solo a su hijo, sino al árbitro de turno, por lo general  un chaval de 18 o 19 años, e incluso a los jugadores del equipo contrario (entre 10 y 14 años). Claro que esto último condicionaba enfrentamientos entre el padre del insultado y el padre ofensor y ya la teníamos liada.

Pero es que si alguien va a ver un partido de regional verá un actitud agresiva, hostil, tanto en la actitud de los jugadores como en la del público asistente,  y desde luego ni aparece ni se le espera el menor reconocimiento al buen juego del jugador contrario.

Pero veamos que nos enseñan los grandes multimillonarios del fútbol. Son una joya deportiva. No la infracción, que es parte del juego normal, sino la infracción con truco y engaño, el yo no he hecho nada tras una entrada terrorífica. Y también lo contrario, la simulación de un daño absolutamente irreal o que no se corresponde con lo sucedido, el revolcón exagerado dirigido a exaltar al graderío y provocar reacciones contra el adversario y por supuesto contra el árbitro. Este señor al que se le falta el respeto y la consideración ya sea que acierte o se equivoque. Gestos, desplantes, gritos e incluso insultos que los propios jugadores ( he dicho multimillonarios), dispensan al juez de la contienda como gusta la prensa sectorial denominar.

Y aparece el último gran actor. La prensa. Todo vale. Bulos, reiteraciones, mensajes espurios, amarillismo. Los programas de TV que se realizan después de una jornada o de un partido del siglo son un homenaje al neolítico. Se contemporiza con comportamientos y actitudes que, por frecuentes, se consideran normales. Unos atacan a un lado y los otros al contrario. No es un debate es una pelea sin respeto y sin pudor.

Cuantas veces he oido a un comentarista famoso por lo torpe que era como delantero, decir en una retransmisión en directo, que fulano o zutano ha cometido “el error de no hacer una falta”. Ya no se trata del jugador en caliente, es que alguien que está comentando el partido desde el conocimiento del juego, entiendo que desde el juego limpio, anime a hacer una falta.

Juanito, pisando a un  jugador, Hugo escupiendo a su defensa, Michel tocando los huevos a Valderrama, Alves retorciéndose de dolor por el suelo o Busquet mirando de reojo a ver el efecto provocado por su simulación, son algunas imágenes célebres de la falta de limpieza de un juego que parece ser cada día un mejor reflejo del conjunto social en el que vivimos.

Claro que esto es fútbol. Claro que esto es una sociedad futbolera.

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