Hay muertos por categorías

Aparece hoy en muchas portadas de los periódicos la foto y noticia del intercambio de los cadáveres de dos oficiales israelíes por 199 cadáveres de soldados libaneses más cinco soldados libaneses vivos.

 

Esta sencilla relación numérica representa en toda su crudeza la naturaleza del conflicto árabe-israelí y, en general, abre las puertas a diversas conclusiones colaterales.

 

A nadie se le ocultará que el canje es suficientemente expresivo del valor otorgado a las vidas de uno y otro bando, a las vidas de los miembros de una nación y de otra. De una religión y de la otra. El cambio es demoledor 100 a 1. Parecido a los cambios de las monedas dirigentes frente a las pobres monedas de los países de tercera división. Un muerto judío se cambia a 100 muertos árabes, y regalamos cinco vivos. Y bajando. Y sin duda esa es la proporción que se ha mantenido en términos de víctimas, militares y, sobre todo civiles, durante los últimos 50 años en esa región. Es cierto que los hebreos y en general el mundo occidental que les acompaña abducidamente desde hace décadas, valoran enormemente la recuperación de sus héroes de guerra, siendo siempre más relevante la atención prestada a una muerte judía que a cien palestinas. Pero es que, precisamente por eso, el canje no podría se de otra manera. Resultaría imposible realizar un cambio a la par. La permanente agresión, saqueo y secuestro que realiza el ejército judío asociada al principio bíblico del ciento por uno, genera un proceso inflacionario en el haber de muertos árabes que precisa un dumping favorable a los cementerios musulmanes.

 

Que periódicos de rancia tradición nacional católica como el ABC traten a los dos oficiales israelíes de héroes, mientras que los libaneses son terroristas sanguinarios no sorprende a nadie a estas alturas. Que la noticia de la recuperación de dos cadáveres hebreos ocupe la portada del resto de los periódicos, cuando esos mismos medios  despachan en sueltos de cuatro líneas, noticias relativas a decenas de muertes, resulta aterrador.

 

Que la muerte de seres humanos reciba un permanente trato discriminatorio en cuanto a su relevancia es sencillamente vergonzoso. Que en Irak, Afganistán, Sudán, Etiopia, Eritrea, Somalia, Sri Lanka o Indonesia mueran cada día decenas de personas como consecuencia directa o indirecta de distintos conflictos armados o lo que es peor directamente a causa de la hambruna progresiva que afecta a 1000 millones de personas en el mundo, no resulta noticioso o relevante. El dolor, el sufrimiento de miles de madres que diariamente ven morir a sus hijos enfermos y depauperados, parece considerarse un proceso natural, irremediable y, en consecuencia, no es que no merezcan esa primera página, que si obtienen los desconsolados familiares de los militares fallecidos en el ejercicio de un trabajo que eligieron voluntariamente, es que solo obtienen el silencio y el anonimato, solo alterado cuando esas muertes vienen a rondar a nuestra puerta arrastradas por las olas de oceános comunes.

 

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