Pedro Páramo

Pedro Páramo es una historia de amor y muerte, una historia de odio, de caciquismo feroz, de cobardía y de traición donde no se salva ni Dios o al menos donde no se salva el representante de Dios, el Padre Rentería, vendido al oro, sin amor al prójimo, desarbolado por una pobreza que no es capaz de sobrellevar. Es también, o quizá por todo lo anterior, una historia de México.

Formalmente Pedro Paramo es un ejercicio de estilo y de técnica literaria prodigioso. Su argumento carece de la estructura clásica, no hay inicio, nudo y desenlace. Pero es que no hay inicio, no hay nudo y no hay desenlace. Las cosas en Comala, que así se llama el universo de Juan Rulfo, el pueblo de Pedro Páramo; no suceden ni de manera secuencial ni de manera precisa. Existen hacia atrás y hacia adelante. Hacía dentro y hacia fuera.

A pesar del título, no hay protagonistas. El protagonismo lo poseen las voces de todos, voces entremezcladas que Juan Rulfo traspasa al papel con el mismo desorden con el que se producen dejando al lector la tarea de ordenar el rompecabezas.

Juan Rulfo elimina el liderazgo narrativo del autor. Deja que interior del libro se dirija directamente al lector. Como si fuera un vórtice, el universo de Comala, formado por lo real y lo imaginario fusionado, se disemina hacia el lector. Y así en Comala coexiste, lo real y lo pensado, lo pasado y lo presente, lo religioso y lo agnóstico, la vida y la muerte.

No obstante existe una estructura interior, aparentemente arcana. Juan Rulfo marca setenta espacios, ni siquiera capítulos. Son setenta espacios tipográficos que constituyen los murmullos que Juan Rulfo entrega al lector para que los vaya hilvanando, para que desentrañe lo que sucedió en Comala.

El primer espacio de apenas veinte líneas comienza con una declaración “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”.

Juan Preciado, que así se llama el que habla continúa diciendo , Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera.

Para concluir diciendo:

Pero no pensé cumplir mi promesa.

Se percibe que Juan Preciado dice “vine”, usa el pretérito perfecto del verbo venir en lugar del verbo ir. Es decir, indica que Juan vino y sigue estando en Comala.

Sin embargo en el fragmento dos que podría parecer continuación del primero, comienza diciendo:

“Era ese tiempo de canícula” es decir utiliza el pretérito  imperfecto y con ello indicando que pasa a relatarnos una acción ya pasada, nos relata cómo llegó a Comala.

En el camino se encuentra con un arriero con el que va platicando y este le dice: Yo también soy hijo de Pedro Páramo.

Y cuando Juan le pregunta:

– ¿Quién es Pedro Páramo? El arriero responde:

– Un rencor vivo

Al avistar el pueblo, Juan Preciado dice:

  • No, yo preguntaba por el pueblo, que se ve tan solo, como si estuviera abandonado. Parece que no lo habitara nadie.
  • No es que lo parezca. Así es. Aquí no vive nadie.
  • ¿Y Pedro Páramo?
  • Pedro Páramo murió hace muchos años.

De esta manera en la página cinco del libro podemos entender que estamos en un mundo donde se superpone el pasado y el presente, los vivos y los muertos, aunque quizá después de hilar todos los retazos, lleguemos a la conclusión de de que todas las voces, todos los murmullos incluido el de Juan Preciado son solo los ecos que han dejado los muertos.

Juan Rulfo solo escribió esta historia y algunos cuentos maravillosos publicados bajo el titulo de El llano en llamas. Y no me extraña. Escribir algo tan extraordinario, tan microescrito, por decirlo de una manera que pueda expresar el contenido, te tiene que dejar sin ganas para volver a agarrar la pluma nunca jamás.

La influencia de Juan Rulfo sobre los narradores del denominado realismo mágico fue absoluta. En realidad Pedro Páramo es un libro fundacional.

Cuenta Gabriel García Márquez  lo siguiente:

“.. Álvaro Mutis subió a grandes zancadas los siete pisos de mi casa con un paquete de libros, separó del montón el más pequeño y corto, y me dijo muerto de risa: ¡Lea esa vaina, carajo, para que aprenda! Era Pedro Páramo. Aquella noche no pude dormir mientras no terminé la segunda lectura. Nunca, desde la noche tremenda en que leí la Metamorfosis de Kafka en una lúgubre pensión de estudiantes de Bogotá —casi diez años atrás— había sufrido una conmoción semejante.”

Nadie puede eludir la sensación de paternidad que posee la frase siguiente de Pedro Páramo:

“El padre Rentería se acordaría muchos años después de la noche en que la dureza de su cama lo tuvo despierto y después lo obligó a salir”

con la que ha devenido en uno de los arranques más célebres de la historia de la literatura:

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.”

Sin duda Pedro Páramo es el texto fundacional y a la vez magno de lo que fue el segundo siglo de oro de las letras hispanas: esta vez las del otro lado de la mar océana.

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