Los otros

Ni lo suficientemente indignados, ni lo suficientemente indiferentes. La muerte por omisión de auxilio de 15 personas africanas en las costas del Mar Mediterráneo, entre África y Europa y allá en el fondo Estambul, es probablemente la mayor ignominia que ha ocurrido en nuestro entorno próximo en los últimos años, y no es que sea fácil escoger.

De nuevo aparece en su evidencia más absoluta, la expresión aplastante de la alteridad discriminatoria. El otro inferior. Carente de los atributos de humanidad que son propios de los nuestros. De nuevo el monólogo de Shylock. Son negros, son pobres, son africanos, son ajenos. A los poderosos y a los impíos no les importan. A los píos y solidarios, no lo suficiente. Hay mucha más gente en cualquier concentración en defensa de los animales (toros, ballenas, gatos o ardillas), que las que acudieron el pasado día 12 de febrero en protesta por las muertes de los bantúes en la costa de Ceuta.

La prensa no liberal, la que se entiende por prensa de izquierda (?), se pregunta por lo que pasó. Algunas voces se interrogan ingenuamente sobre la escasa repercusión social que tiene un drama como el sucedido. Las escenas están ahí. Terribles. Inhumanas.  Como una especie de tiro de feria diabólico, se dispara sobre personas a las que en realidad habría que socorrer de inmediato. Pero es que no están viendo a personas. Como los nazis no veían personas en los judíos o como los judíos no ven personas en los palestinos. En este caso con factores agravantes. Los que se están ahogando no nos han hecho nada. Sus padres no nos han hecho nada. Sus abuelos no nos han hecho nada. Son los hijos de territorios arrasados por el esclavismo de siglos, de naciones divididas artificialmente, de países inventados por los europeos y sus socios corruptos africanos, son  las víctimas del mayor expolio humano que jamás se haya realizado en la historia del hombre, seguido del saqueo material y el subsiguiente bloqueo al desarrollo durante la segunda mitad del siglo XIX y primera mitad del XX.

Con su trabajo y su sangre, sostuvieron  el Imperio Británico, el Imperio de la Nueva España,  fueron la piedra angular del capital de Estados Unidos antes de que el Norte del país ya no los necesitara y los utilizase como excusa para derrotar a un Sur secesionista  dictando  una abolición indecente que dos siglos después mantenía una discriminación racial absoluta en todo el país.

Y  hoy pertenecen a países fantasmales, incapaces siquiera de plantear  una consulta o queja diplomática sobre la muerte de sus ciudadanos.

Pobres bantúes, venir, ver y morir.

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Política ficción

Pues erase que se era una afamada y reputada política que parecía tonta, pero solo era mala. Un día, se levantó de la cama y todo lo tuvo de una claridad meridiana. Iba a ser el Lance Armstrong de la política. Iba a renacer de su enfermedad para convertirse en la mayor ganadora del juego más perverso que jamás vióse en la res pública.

Como no podía ser de otra manera ella lo sabía todo. Al igual que muchos de sus pares. La diferencia es que estos eran tontos además de malos y no tenían visión para pasar del peón cuatro del rey como se decía antes. Nuestra heroína, vio el despliegue, se defendió con rapidez y habilidad de un jaque y, oh, magnifica!, ofreció un gambito de dama que dejó perplejos a los grandes maestros nacionales.

Pero en realidad, ya tenía la partida ganada. Porque en ese juego contaba con el apoyo absoluto, incondicional, de uno de los grandes gurús de la información e intoxicación mediática que le fue preparando el terreno sin prisa pero sin pausa. Metódica y precisamente. Alguien que había cambiado hacía años su caballo favorito, un ex ganador en horas bajas, por un pura sangre veterano pero en plena forma.

Tras el jaque, adivinó que el curso de la partida había que controlarlo porque, paradójicamente, no se iba a poder controlar. Sabía que el jaque mate era inevitable y que en consecuencia la dama tenía que estar fuera del escenario cuando el rey cayese. Y ya puesta, qué mejor estrategia que aprovechar su gambito para  controlar las jugadas desde la orilla del tablero. Ella, una víctima heroica, sería quién finalmente resolviese la partida cual reina recuperada por un peón que alcanzase exhausto la línea final del tablero, cuando ya apenas había esperanza de salvación.

Tras su rescate, devoraría  en primer lugar al alfil al que le había ofrecido el gambito, eliminaría todo el peonaje adversario y aceptara todos los intercambios mortales que le ofreciesen, hasta acabar dando jaque mate sola con un rey que, derrotado, le ofrecería el cetro y el tablero.

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Es la infancia.

En la zona más lejana de la memoria hay un pedazo de papel  tenuemente coloreado con un futbolista al que apenas se le distingue la cara y con unas letras debajo, que aunque aún incompresibles para ese niño de cuatro años que la mira como un tesoro, dicen Kubala.

Era el cromo que faltaba para cerrar la colección. El último de la primera serie de álbumes de futbolistas que hasta siete u ocho años después acompañarían al cuaderno de caligrafia y de arítmetica, al libro de gramática y geografía, en un viaje diario de ida y vuelta, 2,50 pesetas, en el interior  de la cartera colegial.

En los recreos el partidilllo era sagrado, todos en patrulla detrás del pelotón; pero a la entrada y salida, el intercambio sagaz y atento de cromos, donde la democracia hacía su primera aparición ya que en ocasiones no era el jugador más prestigioso el cromo más difícil de conseguir, alcanzando, por ejemplo, Manolín Bueno una  gloria fugaz y una anónima venganza, aunque poco reparadora, ante quien, durante años, bloqueó su magnifica calidad como extremo izquierdo, Paco Gento, cuyo cromo tenía un valor de cambio muy inferior al de su eterno suplente.

Luego llegó la televisión (es superfluo especificar que en  B/N, entonces ni remotamente se podía imaginar una televisión en color), y su primera imagen, o al menos la que quedó en la memoria como tal, fue la de un tal Puskas, en un aparato que tenía su tía abuela Teresa en su casa de la calle Relatores,  metiendo tres goles desde el mismo lugar del campo el día que un equipo, que desde entonces fue el suyo, fue eliminado de una competición que todos creían propia y también perdió al jugador que le había llevado hasta allí. Si, porque fue el principio del fin de Di Stéfano. 

De los 12 a los 15 años no faltó los domingos, cada quince días, a veces con partido europeo los miércoles, al estadio. Al fútbol, al fútbol! gritaban los ayudantes de las camionetas que salían de Manuel Becerrra. El olor a cigarro puro, el bocadillo de chorizo del descanso, la bota de vino, entonces beber vino no provocaba más disturbios que las propias pasiones deportivas. Jugaban Amancio, el Fifo, y Pirri y la elegancia exquisita de Velázquez. Y ganaban siempre. Tras una memorable semifinal contra el Inter de Milán (Sarti, Burgnich, Guarnieri, Facheti, Pizzi, Landini, Jair, Mazzola, Domenghini, Suárez y Corso), le ganaron la final de la Copa de Europa en Bruselas al Anderlecht con goles de Amancio y Serena (por cierto, Betancort, Calpe , De Felipe, Sanchis; Pirri, Zoco; Serena, Amancio, Grosso, Velázquez y Gento). Nadie sabía, entonces que pasarían 30 años hasta volver a ganar otra como esa.

Los años fueron puliendo sus gustos y aficiones. No le gustaba el ambiente futbolero. Dejó de acudir al estadio donde los insultos al árbitro y las amenazas a los jugadores contrarios le resultaban incomprensibles ante la calidad que demostraban en el campo: Fidel Uriarte, Gárate, Pereda o Villa, aquel Villa de los Cinco Magníficos.

A los 17 años descubrió el deporte de su vida. Hasta tal punto que su vida fue ese deporte, trasladando, o al menos intentándolo, su filosofía, su espíritu, a su comportamiento diario, a su forma de trabajar y de progresar. Durante años el fútbol pasó a ser despreciado y aquel equipo de los tres goles de Puskas abandonado, ignorado. Tampoco fue difícil. La violencia se había adueñado de los estadios y del juego. Las hornadas de jugadores eran mediocres.  Y el Rugby era fastuoso y consumía gran parte de su tiempo. Y así pasaron muchos años. Muchas cosas. Un Campeonato Mundial  en España que le dejó el convencimiento de que estaba en la senda cierta.

Sin embargo, un día, en un lejano país tropical donde no había televisión ni radio ni apenas noticias del mundo, oyó hablar de un jugador al que llamaban el Buitre y en un viaje de vacaciones su hermano le invitó a ir al Estadio. Y vio jugar a unos chavales con alegría, genio, estilo, precisión y vértigo goleador. Había un mexicano que se desmarcaba cual Fantomas en calzoncillos, ahora estaba en la corona del área con un defensa a cada lado y cuando el balón volaba por el aire y llegaba a la red, los zagueros se miraban preguntándose como habían llegado balón y jugador a encontrarse diez metros más allá de donde estaban ellos. Y ese chico, el Buitre. Se paraba con el balón, el defensa con él, agazapado, los ojos fijos en el balón, y en un mili segundo, estaba con las apófisis espinosas hechas un nudo y con el Buitre un metro por detrás de él.

Y así desde lo más profundo el juego aquel volvió a interesarle, si no con aquella pasión de la infancia y primera adolescencia si con la emoción de un sentimiento antiguo. Con cierto distanciamiento, pero sin indiferencia. Estaba metido en el telencéfalo junto con las galletas Maria, el Vitacal y el palulú, qué se le iba a hacer.

Hasta que llegó la Roja, claro.

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Brufau justifica su sueldo de 7,6 millones en que paga mucho a Hacienda

Cuestión diabólica es.

Lo decía el necesario Carlos Marx: aquí la pomada reside en la plusvalía. Pero, ¿qué tipo de plusvalía genera Mr. Brufau? En Argentina dicen que poca.

¿En qué consiste el mérito del Presidente de Repsol? Pues quizá en algo menos que el de Mourinho, por eso le pagan menos. Sin embargo, a los dos se les puede aplicar en asuntos de plusvalía, el genial, castizo y bárbaro adagio que relaciona los méritos con los medios: con buena picha bien se jode.

Que no digo yo que el President no tenga talento. Otra cosa es que siendo el jefe de algo que se vende solo, ya sea el dinero (La Caixa) o el petróleo, y con una compañía mil millonaria repleta hasta los meros topes de recursos económicos y logísticos no es difícil alcanzar el éxito.

No sé, ya que tan de moda está darle caña al servidor público, yo conozco alguno que siendo responsable de miles de personas y teniendo que responder antes  millones de ciudadanos diariamente, no llega a ganar al año lo que gana en un día el licenciado Brufau. Se me ocurre, por ejemplo, el Alcalde de Madrid, así en genérico.

Hala, hala!, ya me llegan los truenos y relámpagos de empresarios, autónomos, alternativos contraculturales, vecinos, comerciantes, taxistas, bartenders, conductores y hasta del portero de mi casa. ¡El Alcalde! Ese inútil, despilfarrador, narcisista, politicastro, ambicioso, nepotista y chupasangres! Pues, si, mire usted, el mismo.

Con 20.000 trabajadores a su cargo y otros tantos por contrata, tiene que atender la infinidad de necsidades de 3 millones y medio de habitantes, en una ciudad que tanto responde a la caída de un niño del triciclo como a la limpieza de una riada, como a la programación de las fiestas de mi barrio, como al turista japonés despistado, como al deportista aficionado que quiere correr, nadar, saltar; citius, altius, fortius, pero cerquita de su casa; por no hablar del fuego en la cocina de doña Paca o en descarrilamiento del metro o la joyería butroneada y así un infinito etcetera.

Y su sueldo no alcanza apenas los 100.000 euros anuales, es decir infinitamente  menos que el del Sr. Brufau en un mes. Además, cuando al Alcalde, al Ministro o al Subsecretario de la cosa, los mandan a casa los ciudadanos o su partido, es posible que consigan un puesto en un Consejo de Administración o una Dirección General de alguna empresa, lo que no consiguen es una indemnización millonaria.

Corrupción? Sin duda. Un sistema perverso que de ninguna manera relaciona el esfuerzo, la responsabilidad  y la excelencia profesional con las retribuciones, es el perfecto entorno para que se generen y/o consientan todo tipo de actitudes licenciosas.

 

 

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Carta a unos amigos ingenieros que me citan los datos macro económicos al uso.

Queridos Albertos (espero que sin gabardina),

Me complace que un comentario frívolo, que no inconsistente, de un emigrante genere una respuesta reflexiva, aunque muy matizable, de uno de los miembros con más inquietud intelectual de nuestro selecto y dilecto grupo de amigos. Creo que podría ser el principio de una gran reflexión, aunque dudo que la pereza y cierta atonía muscular que nos afecta, como no puede ser de otra manera a estas alturas del partido, permita formalizar el trayecto entre el encéfalo y las articulaciones de brazo, antebrazo, carpo, metacarpo y falanges hasta llegar al teclado mágico éste que escribe, corrige, puntúa, avisa, avanza, retrocede, memoriza y todo tan limpio y sin echar un borrón. Pues eso, la pereza. La misma que nos arrastra a la molicie y la pasividad general ante lo que sucede en nuestro entorno. Es cierto, ya hace mucho que somos de los mayores del cole, y eso distancia mucho.

También es verdad que el desarrollo social español en los últimos treinta años ha sido un muestrario de ocasiones perdidas para habernos convertido en algo más que un puñado de cifras de exportadores e indicadores económicos ( si un tiempo fuertes, ya desmoronados..), y nos ha puesto delante un modelo de vida y pensamiento tan fascinador, dicho sea en el sentido de la primera acepción del DRAE, como falaz, dicho sea en las dos acepciones del DRAE. Ese escenario que han mamado nuestros hijos, lo digo como genérico, como si siempre hubiera estado ahí y como si fuera tan real y tan sólido como el cariño de sus padres. Nada más lejos de la realidad. Mucho oropel y poca estructura.

Como buenos ingenieros, a los que ahora respeto con la admiración del padre que tiene un hijo estudiando ingeniería; sois ordenados, conservadores. Nunca un ingeniero estará al frente de una revolución. Un médico, sí. La homeostasis es una caos permanente; el organismo es semejanza de la entropía universal. Un abogado, en fin, ¿dónde se puede sentir mejor? Pero un ingeniero, noles.
Así, el Frutos nos fusila en segunda vuelta con un prontuario de datos que tanto pueden significar una cosa como la contraria, sin que nada sea incierto (o al menos no del todo). En su mensaje, como hombre de empresa, hombre de negocios; se pretende en última lectura la refutación del Estado. O, para ser más precisos, lo que algunos ideólogos ortodoxos denominan un exceso de Estado. Presumiblemente, alguien que ha pasado gran parte de su vida profesional haciendo obra pública no puede pretender el fin del Estado, especialmente de ese pedazo de estado que construye aeropuertos, autopistas o líneas de ferrocarril ultra rápido (cosas necesarias para el buen comercio, entre otras cosas, tema este sobre el que me gustaría volver en algún momento). Pero los ortodoxos (por cierto los ortodoxos es la expresión que utilizan para autodenominarse los de la escuela de Friedman, quién además del dudoso mérito de ser Nobel, fue asesor económico de Pinochet), dudan más del otro Estado, el que construye y atiende escuelas, hospitales, centros de mayores, y no digamos de aquel que osa ofrecer y sostener, servicios altamente rentables en manos privadas como las telecomunicaciones, el agua o la electricidad o los menos rentables monetariamente, pero esenciales como coadyuvantes de los otros sectores: los medios de comunicación y, especialmente, la televisión.

Decía Borges en su antología de la ironía: “Caballero, su esposa con la disculpa de regentar una casa de lenocinio, hace estraperlo de género” (cito de memoria, pero no me alejo del sentir del mago). Aquí y ahora, en España, en Europa, sucede lo mismo. pero no viene de ahora. Viene de la liberalización de los movimientos de capital liderada por Reagan y Thatcher, que acabó con la estrategia generada con el new deal de los años 30 secundario a la gran depresión. Se establecen los necesarios arribes para los beneficios generados (leáse paraísos fiscales en islas que no producen ni un dátil), y, por supuesto, se establecen acuerdos con los políticos para permitir el fraude fiscal macizo, masivo; no la miseria de un fontanero o un dentista, no: los beneficios generados por operaciones financieras de 4 Billones ( no billions, billones) de dólares diarios en compra y venta de monedas y 700, si, 700 Billones (no billions, billones) en los mercados de derivados (cualquier mierda que sea eso; observo que según avanza el texto el estilo se me va poniendo como agresivo). En definitiva (podría seguir un par de horas con las relaciones causa-efecto que si son de mi especialidad), se monta una casa de putas de dimensiones inimaginables y cuando todo vuela por los aires a la madama la acusan de trapichear con los garbanzos.

Es la misma táctica utilizada en Chile, en Argentina, en Perú; y luego, crecidos, en Rusia y ahora en Europa.

Es decir que deuda pública sí. Pero mire usted, la deuda generada por la banca, el endeudamiento generado en ese trueque de cachivaches financieros y activos tóxicos ha pasado de 78.000 Meuros en 2006 a 450.000 Meuros antes del blow up.  Y eso es lo que nos ha matado y rematado. Bien es cierto que España salía en 1975 de un caciquismo económico superior incluso al político. De una influencia terrorífica de las grandes familias económicas en la vida política del país. Aún en el año 2006 sólo una veintena de grandes familias ( de las de sangre), eran propietarias del 20,14 % del capital de las empresas del Ibex 35 y una pequeña élite de 1.400 personas humanas (el 0,0035 % de la población) controlaba el 85 % del PIB*. Si a eso le añadimos un déficit social jamás equilibrado, que se evidencia, en contra de las pertinaces aseveraciones de los ortodoxos, comparando los niveles medios del PIB con los niveles medios de inversión social: el PIB español per cápita está en el 94 del promedio europeo, mientras que la inversión social es (era), el 72 % del promedio europeo: es decir un déficit de 66.000 millones de euros con respecto a lo que correspondería a su nivel de riqueza. Y eso porqué? Ya se ha dicho arriba, pero lo repito, aquí solo pagan impuestos sobre la renta los asalariados. España ingresa por impuestos el 32 % del PIB, mientras que el promedio europeo, de quien solo nos separan seis puntos de riqueza, ingresa el 44 % del PIB, 12 puntos más. Por no hablar de países tan destartalados e ineficaces como Suecia, el 54 por ciento o Dinamarca, el 51 %. Y luego la culpa es del estado de Bienestar, que es de todos. Se asimila, con un giro retórico, Estado con los políticos y en paz. Pero los políticos  no son el estado,son los mismos de siempre desde hace 520 años; recordar que Maria Teresa Fernández de la Vega, le perdonó, en el año 2008, un juicio con 170 años de cárcel en el horizonte a Emilio Botín por un historial detectado por los inspectores de Hacienda (esos funcionarios vagos y cabrones) de información falsa por valor de 145.120 millones de pesetas. En este país los políticos han servido a la oligarquía de forma sistemática. Desde Isabel La Católica a Felipe González. Con las migajas del crecimiento ficticio han seducido a los ciudadanos, generando escenarios de incultura y banalidad, promoviendo la mitología de los bienes de consumo como sinónimo de prosperidad, descartando lo que no tiene valor monetario. España perdió la gran ocasión, pero no ha sido por azar.

Nadie niega, el desparrame de la CCAA, ni la ineficiencia de sectores de la administración del Estado, pero eso es el menudeo comparado con lo que realmente ha significado la asociación entre la clase política y la clase económica dominante.

Y se olvida con demasiada frecuencia que el estado moderno, su estructura, su capacidad de organización y regulación, ha constituido, desde la liberalización del comercio de la religión allá por finales de la edad media, la mayor fuente de generación de riqueza de la historia de la humanidad.

Y sobre todo, de soporte del contrato social. Garantía del compromiso de no agresión, de supervivencia. Contrato social que ahora se disponen a liquidar para ponernos en la boca del lobo de Hobbes. No hay pacto, tirémonos a degüello. Sálvese el que pueda como decía la semana pasada la adalid de esta causa en España. La dama de granito serrano.

No se puede, es imperdonable, es impío, es inmoral. Pero ahí están. Ya lo han hecho en otras parte y hemos vivido viéndolo.

Por cierto, nunca, jamás, una estrategia, como la que se está proponiendo ha servido para otra cosa que para hundir países enteros en la pobreza y generar mayores enriquecimientos para las oligarquías.

Abrazos,

* La mayor parte de los datos económicos están tomados de Hay Alternativas, de V. Navarro; A. Garzón y Juan Torres.

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Carlos Fuentes

Se ha ido el mas grande de los escritores hispanos del siglo XX. El más americano, el más español, el más mexicano. Yo lei Terra Nostra en Mongomo en 1984, acompañado del griterío nocturno de la selva, bajo la pobre luz de la lámpara de petróleo, con los ojos quemados, pero sin poder parar. Capturado sin remedio por la prosa brillante y la imaginación lisérgica de quién entonces era un desconocido para mi. Vendría detrás Artemio Cruz, Laura Díez, la Región más Transparente,… Luego tuve ocasión de escucharle en vivo en Madrid, en Casa de América o en la Feria del Libro (cautivadora una conferencia sobre Tristram Shandy) , sin vigor para superar mi timidez y agradecerle. Cuando le dieron el Nobel a Vargas, brindé a la salud de la obra de D. Carlos.  El más hispanoamericano de los escritores. Adiós Maestro.

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Hipocresías cortesanas

Con el episodio traumático cinegético que recientemente ha afectado al Jefe del Estado Español se ha levantado una considerable polvareda mediática y social.

A pesar de los días transcurridos y de la abrumadora tormenta de opiniones provocada, hoy sigo sin tener certeza sobre cuál de los posibles elementos que la han compuesto ha condicionado la escandalera y, por consiguiente, el desencadenamiento de un acto insólito de contrición pública por parte de  Juan Carlos I.

Podría haber sido la mera ausencia del territorio y, en consecuencia, del ejercicio de sus obligaciones como primer funcionario publico de España. Que el Rey tenga jefes a quién dar cuenta de sus actos es algo que alegra el cuerpo. Lógico. La soberanía es del pueblo, quien la residencia en el Parlamento y, por lo tanto, los actos del Rey, que no ostenta la condición de soberano sino la de Jefe del Estado,  deben ser refrendados por el Presidente de Gobierno; siendo la responsabilidad de dichos actos, según el artículo 64.1 de la Constitución Española,  del propio Presidente o personas que los refrenden. Por ello el Monarca debe informar al Presidente o los Ministros de sus ausencias y movimientos en general, entre otras cosas más importantes en particular. Claro que si el Rey se va de vacaciones o de fin de semana no tienen que pedir permiso pero si informar si abandona el país. En este caso, dicen que dijo. A saber. Entre otras cosas porque desconozco el modus comunicandi, con el que se debe formalizar la intención del Jefe del Estado de viajar, pero que no creo que se limite a un cruce de palabras entre el Rey y el Presidente en un acto donde ambos coincidan. -Qué tal todo, Mariano? . – Bien, Señor, muchas gracias. – Por cierto, Mariano, que pasado mañana salgo para  Botsuana. En fin, supongo que a través de la Casa Real se debe enviar un escrito a Presidencia del Gobierno o algo parecido. En cualquier caso, de no romperse la cadera (por cierto que pocos le critican, por operarse en una clínica privada en lugar de en un  hospital del sistema público de salud), no nos hubiéramos enterado de esta cuestión de procedimiento,

El segundo es la naturaleza del viaje en si mismo. La cual posee una doble faceta de interés.

La primera es de orden coyuntural. Al decir de los cronistas y tertulianos mas conspicuos, con la que está cayendo no parece muy apropiado que el más alto dignatario de los españoles se monte un viaje de lujo al Africa austral, con unos costes globales próximos a los 50.000 euros. Entiendo que para estos comentaristas, el acto resultaría igualmente imprudente, si el objetivo final del mismo fuera navegar en un velero por las Islas Comoros. Naturalmente se entiende en el ámbito de dichas críticas, que los costes del apetecible periplo no se costea con fondos públicos y que el Rey es invitado a viajar por agradecidos terceros o incluso que se lo paga con su salario, que no da para mucho la verdad sea dicha. De seguir el razonamiento de esta crítica, el Rey no debería, con la que está cayendo, ir a veranear al Palacio de Marivent, sino a la Pensión Paca, camas y comidas, muy limpia y de gente seria y de toda confianza, en el mallorquí barrio de Hostalets. O, si me apuran, con la que está cayendo que se quede en la Zarzuela en Agosto que hace fresquito.

La segunda se centra en el objetivo intrínseco del viaje. La caza de un elefante. Si asumimos que cazar un elefante es algo esencialmente perverso; se comprende la reacción espantada e indignada de la turba mediática  y de las redes sociales progres. El Rey ha cometido un acto censurable y moralmente reprobable. Pero, ¿es eso cierto?.

Lo primero que resulta oportuno reseñar, es que la caza en Botsuana está absolutamente regulada y bajo la supervisión de un Ministerio de Medio Ambiente, Vida Natural y Turismo (ya tienen más que en España). La actividad cinegética está normalizada  para los nacionales y estrictamente regulada para los extranjeros. El león, el búfalo, el elefante y el leopardo son piezas de caza extremadamente controladas de acuerdo al código CITES suscrito por 154 países. Exactamente igual que en España, existen los furtivos y las malas prácticas, pero exactamente igual que España la caza es una importante fuente de divisas y de trabajo para miles de botsuaneses. Seguramente hay muchas personas en el mundo que se oponen a la práctica de la caza, de igual manera que a los toros o al boxeo. Pero de la misma forma que hay muchas que se oponen a que se de de comer a las palomas, a los gatos callejeros o que nos les gustan los actos religiosos ni los matrimonios entre homosexuales. El hecho es, que es la ley la que permite que exista libertad de gustos y de aficiones. Y, salvo países con escasa solera democrática, las leyes sobre gustos y aficiones no se cambian fácilmente y solo cuando la evidencia científica así lo recomienda (fumar en lugares públicos, cazar lobos, etc.,).

Y mire usted, a mí, lo de subirse en un avión, llegar a un aeropuerto africano, subirse en un 4×4, llegar a un campamento de lujo en medio del Okavango, donde ni se conoce el entorno, el viento, ni los olores; cenar opíparamente con Moët Chandon, levantarse al día siguiente para que un guía te lleve al rebufo de un animal del que no conoces ni sus hábitos, ni sus conductas, ni su forma de evadirse, para que, finalmente, todo tu esfuerzo sea realizar un disparo a 1oo metros de distancia con un calibre capaz de volar un puente a fin de hacerte una foto sobre el cadáver, es lo más lejano al concepto de caza que pueda existir, a pesar de que  mucho nuevo rico en España se enorgullece de practicar con cierta asiduidad. Pero, al igual que la montería de venados en España, no está prohibido. Es legal.

En consecuencia, los actos del Jefe del Estado sea Borbón o Pérez, ¿deben poseer una cualidad distinta a la que afecta al común de los Pérez? ¿Está el Rey, como Jefe del Estado al margen de la ley en cuanto norma que rige la convivencia entre todos los ciudadanos y, en consecuencia, hay aspectos legales de la actividad social que le están vedados? De ser así, que puede ser, ya que el Rey no responde ante la Ley, habría que pormenorizar con extraordinaria precisión. Porque, si no puede cazar elefantes, ¿puede ir a los toros? ¿Puede presidir la procesión del Corpus o la apertura del Año Santo Compostelano, siendo España un estado aconfesional? ¿Debería ser vegetariano para no herir la sensibilidad de los veganos y resto de defensores de los defensores de los animales? ¿Montar a caballo sería, en su caso, un acto de crueldad innecesario? ¿Qué decir de la Copa del Rey de turf donde se somete a los caballos a un terrible estrés? Por no hablar de la obligatoriedad de su formación militar, aspecto este que no es preciso en el caso del común de los países para ser Jefe de Estado.

Exíjasele aquello de marchar juntos y él el primero por la senda constitucional, exíjasele que defienda a los ciudadanos de distorsiones constitucionales como las que estamos sufriendo, donde el derecho a la vivienda, la salud y la educación se encuentran suspendidos de un hilo, cuando no directamente desparramados por los suelos, exíjasele que frene las ambiciones de las grandes corporaciones financieras. Y mientras cazar, ir a los toros, montar en moto, navegar o seducir cupletistas no sea ilegal, allá se apañe con su señora y su familia.

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